Wednesday, 10 September 2008

El objeto

El pasado es como una mancha de tinta en el medio de la hoja.”

Julio Cortázar



Cubrí la distancia que separa el coche de la casa en un par de segundos; no fue sino hasta que golpeé a la puerta que descubrí que mis piernas parecían moverse más rápido de lo necesario, como si tuvieran vida propia y, ansiosas, no pudieran contenerse. Yo, por mi parte, no estaba tan seguro. El sudor en la frente, en las axilas, y en las palmas de las manos parecían ir en contra de los solo diez grados que este julio nos había traído. Y, por supuesto, también estaba el objeto. Colgaba y se ondulaba como un péndulo perpetuo en el bolsillo de mi chaqueta, obviamente excitado también. Sabía cuál sería su tarea; se la había indicado solo un par de horas atrás, mientras lo admiraba en su descanso sobre mi escritorio, la luz de la mañana regalándole contornos casi dorados y ocres, dándole un tono magnifico, como la tarea que habría de llevar a cabo. La ceremonia de preparación había sido breve, pero aun así había tenido ese tono ocre y ceremonioso que, yo había decidido, ameritaba. Al cabo de no más de cinco minutos ya estábamos todos listos: el objeto, él, y yo. Ahora, por supuesto, él todavía no lo sabía.



“Nada a nadie, eh? Acordate. No le vas a decir nada a nadie.”

Y fue así, con esa frase, que se terminó de cerrar la puerta a sus espaldas. Y la esperanza que los dos tenían de que esa llave en la puerta verde los separara de la verdad era un hilito rojo que los seguía, y que roguemos que no se corte, que no se corte. Que de él cuelga el niñito con panza de gorrión que los mira, degollado y con ojos vacíos. Atrás intentaría dejar el sudor, el miedo, la sangre, la vergüenza, la conciencia y la verdad.








primero yo a vos para que aprendas es fácil vas a ver ves? no te gusta? así se hace no no qué va a estar mal es lindo no? dale ahora vos dale así despacito aha así eeeso muuuy bien usá la lengua, como yo y ojo con los dientes! ahhh! seee muy bien ahora ponéte ahí no no no va a doler no no dale no no dale va a ser lindo lindo despacito y si te duele me decís y paramos y no no no cómo que no y no tá bien a ver la boca entonces bieeen cómo que no? querés que cambiemos? querés al revés? no todavía no no no que todavía no termino ya vas a ver cuando termine dale seguí nomás vos seguí más fuerte……………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………






Son las seis y cuarto y quiero que sean las ocho, las nueve, las diez... es sábado y busco entre mis cosas un lunes, un martes, un viernes. No me gusta lo que soy, no me gusta lo que quiero. No me salva la esperanza, esa diáspora serena... Y no es que encuentre fallos en ver. No veo, fallo en ver. Casi no siento, casi no oigo... y siento que mi fantasma se me escurre entre los dedos. Me toca, me llama, me besa... y en un solo macabro, oscuro segundo me seduce y me invita a ya no volver. Silencio. Es el instante imposible, el regalo durmiente que sólo el verdugo sabe de dónde vendrá. Y en un espejo que mil, dos mil veces se ha roto destellos de mí veo saltar, oigo crujir, odio pensar.


Veo el cadaver, tieso ya. Pero aunque lo quiero tocar, conocerlo, la inercia y una bofetada roja me obligan a darme vuelta. Son tres, doce, quince mil veces las que el cuerpo habrá de caer, sordo en el piso, hasta que el hedor nauseabundo de la sangre en mi cara me despierte. Las manos me obligan a dejarme la venda, que en el fondo no me quiero quitar. Me obligan a dejarme la venda, que me ayuda a respirar.


Con el pasar del tiempo se dio cuenta de que fingir no era tan dificil como alguna vez habia pensado. Después de todo, todo lo que hacia falta era silencio. No hacer nada. Inacción. No pensar nada, no recordar. Matar a la conciencia de inanición. A ver si así aprendían de una buena vez a no joder, a ver si así aprendían quién era el más fuerte. Carajo.


Se levantó y atravesó los pocos metros que separaban la cama del baño a paso paquidérmico, como haciendo un esfuerzo para no llegar, para demorarse a sí mismo y ese malestar que venía sintiendo desde hacía ya unas horas lo más posible. Como previendo lo imposible. Como si ya supiera lo que vendría. ¿Pero cómo podría estar listo? Con pesar y casi con miedo levantó la cabeza para mirarse en el espejo del botiquín: la imagen le era ajena, extraña. Era la extrañeza, en ese momento pensó, lo que más le dolía. Decidió que aun estaba demasiado débil, y no tuvo el coraje de continuar. Tuvo una breve y patética epifanía, y ahora con un poco más de determinación, se forzó hacia el living y buscó en el aparador. Sacó el escocés y un vaso, y los desparramó sobre la mesa. Se sirvió generosamente y, vaso en mano, buscó a Piazzolla entre la colección de CDs. “Adiós Nonino”, se dijo a sí mismo. Adiós.


Y es así como al fin la verdad cae sobre mí, y me despoja de esa venda que tanto quise, y que tanto me dio al quitarme. Me golpea en el pecho con el fuelle del bandoneón, y son las cuerdas del violín que acarician mi espalda, y en un gesto histérico y casi heroico que agradezco siento cómo cortan la carne y penetran en el ser. Me regalan los espasmos, los golpes suaves y los más violentos, y el clímax que, en un dolor y un alivio infinitos, explota como en un aplauso y cosecha sangresudorylagrimasimposiblesdedespegardelacarneviva.



Siento los pasos hacia la puerta, que denuncian a ese alguien que me viene a recibir. Siento mi corazón bombeando en mis sienes, marcando el ritmo de todo, como un tambor de guerra que busca prepararme para este momento que tanto hemos esperado. Pero yo ya estoy preparado. Ya tengo todo lo que necesito conmigo en el bolsillo de mi chaqueta, que a este punto empieza a quemarme el pecho desde su cercanía y a través de la ropa. Por una fracción de segundo me fascino pensando en la marca que me dejará. La herida de guerra. Un tímido “¿Quién es?” me devuelve a la realidad, y siento que el alma se me quiere escapar. Una mujer de mediana edad y tez morena, de apariencia inocente y casi cándida abre la puerta.

-Busco a Víctor. Soy un amigo de cuando éramos chicos. –le digo. Nada podría estar más lejos de la verdad. Pero esta mujer me cree, y me hace pasar.

-Está atrás, en el taller. Pero pase nomás, que seguro que le va a encantar verlo. Enseguida me doy una vuelta por allá y les acerco unos matecitos.

-Le agradezco, señora. Al final, ¿no?

-Si, derechito nomás –y así, sin más preámbulos, me dirijo hacia donde está él, Víctor. Víctor. Un malestar casi nauseabundo me envuelve cada vez que pronuncio el nombre. Empieza en la “V” y trepa, desde el estómago y arrastra consigo mares de bilis hasta que eructa en una asquerosa, hedionda “t”. La “o” y la “r” caen como por inercia. Y otra vez el paso de las seis letras me deja, como cada vez que me vi forzado a articularlas en los últimos dieciséis años, un gusto amargo y agresivo. Abro la puerta de madera, y lo veo de espaldas. Lo adivino concentrado, y llevando a cabo movimientos casi frenéticos provoca una avalancha de recuerdos, que ojala y los pudiera controlar. Camino en un semicírculo a su alrededor, con cuidado casi morboso de no hacer ruido, de no dejarle saber que estoy acá. Todavía no.


Siento la sangre que galopa en las sienes, con urgencia por salir. Como la verdad en esta tarde de julio. Paciencia. Solo un par de segundos más. El cambio de ángulo me deja ver que los movimientos frenéticos que vi un par de segundos atrás responden al compás del cuchillo que está afilando. Una gota de sudor frío me recorre la espalda, y tardo dos o tres segundos en analizar la lógica: ex-chofer de ómnibus, devenido en carnicero –mediocre, adivino- después de un accidente que no le costó la vida pero sí una pierna y le impidió volver a manejar. No había proveído que él podría estar armado, y me siento estúpido por un segundo. Luego me recuerdo a mi mismo que yo tengo al objeto, e inmediatamente me siento más seguro. Lo siento colgando de mi chaqueta, calentándome el pecho, y la confianza me vuelve al cuerpo. De repente y sin aviso, todo explota.


Escucho mi voz pronunciando por última vez su nombre y lo veo voltearse hacia mí. Reconozco los rasgos. Más de quince años no lo han cambiado mucho. Lo veo un poco más cansado, tal vez triste. Y me alegra. En el transcurso de los dos o tres segundos que siguen lo que leo en su cara se transforma en confusión y luego, al verme extrayendo el objeto –casi brillante, ahora- de mi chaqueta, miedo. Y me alegra aun más. Son casi diez pasos los que me separan de él, y los cubro a una velocidad que desconozco. Una vez más, mis piernas deciden no obedecerme. Congelado, Víctor se demora en reaccionar. Tiene sus ojos fijos en los míos, y sé que puede leerme. Ahora que lo pienso, creo que fue ése el instante en el que comprendió todo, y casi lo agradeció. Al fin de cuentas, le terminé haciendo un favor al liberarlo de su propio secreto. Con una mano en la cara, como queriendo cubrirse del horror, y con el cuchillo en la otra, apuntándome, empieza a retroceder. En su cobarde retirada se tropieza con el banco en el que estaba trabajando y cae de espaldas envuelto en un ruido sordo, premonitorio. Fingiendo calma, camino hacia él, con el objeto en mi mano. Me aseguro de que esté bien visible, para que no se equivoque en adivinar su destino. Sobre él ahora, me detengo con mis piernas a ambos lados de su tronco, y aún tengo al cuchillo entre Víctor y yo. Intenta un golpe seco, y lo esquivo con un movimiento rápido de la rodilla. La imprudencia no me divierte, y decido ponerle un fin al asunto: levanto mi pierna izquierda y aprisiono la mano que maneja el cuchillo, con toda mi fuerza, contra el piso de tierra. Veo el pavor en sus ojos, y le digo que sí, que tiene que tener miedo, que al fin de cuentas sólo está pagándome por los míos. Levanto la pierna que tengo libre y me dejo caer con mi rodilla en su pecho, provocando un quejido profundo –el esternón castigándole los pulmones, me digo a mí mismo, casi felicitándome- y un par de lágrimas que se le escapan, revelando la intensidad del momento. Intenta proferir un insulto, pero las palabras se atropellan unas con otras al salir, y lo único que escucho es un tumulto de consonantes bañadas en saliva, que terminan estrelladas en mi chaqueta.

-Callate.- lo corto en seco- Ahora me toca hablar a mí.

En un solo movimiento le quito el cuchillo de la mano, aun aprisionada por mi pie, y lo dirijo a su pecho, junto a mi rodilla.


-¿Qué hacés? ¿Estás loco?- las palabras otra vez se apresuran por salir, y esta vez consiguen hacerlo en orden. Elijo no responder. Estoy disfrutando el momento, y sé que nada que diga puede estar a la altura de las circunstancias. Sé exactamente lo que está pensando, y no soy tan magnánimo como para quitarle la duda del pecho. Es más, siento que es su misma duda la que complementa tan perfectamente la escena. Cambio el cuchillo de posición en mi mano –denota determinación, ahora- y rompo los botones de su camisa, dejando su obeso, hirsuto pecho al descubierto. Llevo mi brazo al aire, y por un pequeñísimo instante el metal se roba un poco del brillo de la tarde. Bajo el brazo de un solo golpe, y brusca y repentinamente me detengo a un par de centímetros del pecho del desdichado. Víctor ya no puede ocultar su agitación, y ese sonido pesado, carrasposo que el asma trae consigo empieza a hacer su aparición. Siento pena por el animal, y decido que ya es momento de ponerle fin al asunto. Con la punta del metal trazo suavemente una línea apenas, y es una mera señal dejada con el mayor de los cuidados, de no más de tres centímetros, tal vez cuatro, en el pecho desnudo. Instantes después, un hilo de sangre brota, inmaculado. Me detengo a observarlo por un par de segundos, y en él descubro el único trazo de pureza en esta escena. Me levanto rápidamente, de un salto, e inmediatamente después Víctor hace lo mismo. Me mira incrédulo, confundido, agradecido. Cubierto en sudor, sangre y polvo, era otra cosa lo que él estaba esperando, y yo lo sé. Doy un paso hacia delante y golpeo su pecho, aun sangrante, con el objeto, que ahora lentamente empieza a teñirse de un carmín intenso. Víctor me mira, y yo a él. Con un movimiento de mi cabeza, le ordeno que abra el sobre. Lee la primera línea en voz baja, y luego la repite para que yo la pueda oír, para que yo finalmente sepa que todo ha terminado. Es una frase de Cortázar:


El pasado es como una mancha de tinta en el medio de la hoja.”



2 comments:

Unknown said...

Javo:
Este relato es puro y bello aunque doloroso. Es excelente, prolijo, blando aunque muy duro. Te mando una caricia para el alma profundo. Este blog será un exito.
Eri

Hisaya said...

Hey Javi! You've started a blog too! I will keep my eyes on it although I understand non of it lol